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jueves, 17 de septiembre de 2009

Horacio Quiroga. CUENTOS DE LA SELVA


EL ALMOHADÓN DE PLUMAS

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.
Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.
La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.
Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada.. . Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pesos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.
—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
—¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.
—Pst... —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio... poco hay que hacer...
—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.
Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.
—¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
—Levántelo a la luz —le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
—¿Qué hay?—murmuró con la voz ronca.
—Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandos: —sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca —su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin dada su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.



EL HOMBRE MUERTO

El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal. Faltábanles aún dos calles; pero como en éstas abundaban las chircas y malvas silvestres, la tarea que tenían por delante era muy poca cosa. El hombre echó, en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados y cruzó el alambrado para tenderse un rato en la gramilla.
Mas al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se le escapaba de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión sumamente lejana de no ver el machete de plano en el suelo.
Ya estaba tendido en la gramilla, acostado sobre el lado derecho, tal como él quería. La boca, que acababa de abrírsele en toda su extensión, acababa también de cerrarse. Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas dobladas y la mano izquierda sobre el pecho. Sólo que tras el antebrazo, e inmediatamente por debajo del cinto, surgían de su camisa el puño y la mitad de la hoja del machete, pero el resto no se veía.
El hombre intentó mover la cabeza en vano. Echó una mirada de reojo a la empuñadura del machete, húmeda aún del sudor de su mano. Apreció mentalmente la extensión y la trayectoria del machete dentro de su vientre, y adquirió fría, matemática e inexorable, la seguridad de que acababa de llegar al término de su existencia.
La muerte. En el transcurso de la vida se piensa muchas veces en que un día, tras años, meses, semanas y días preparatorios, llegaremos a nuestro turno al umbral de la muerte. Es la ley fatal, aceptada y prevista; tanto, que solemos dejarnos llevar placenteramente por la imaginación a ese momento, supremo entre todos, en que lanzamos el último suspiro.
Pero entre el instante actual y esa postrera expiración, ¡qué de sueños, trastornos, esperanzas y dramas presumimos en nuestra vida! ¡Qué nos reserva aún esta existencia llena de vigor, antes de su eliminación del escenario humano!
Es éste el consuelo, el placer y la razón de nuestras divagaciones mortuorias: ¡Tan lejos está la muerte, y tan imprevisto lo que debemos vivir aún!
¿Aún...? No han pasado dos segundos: el sol está exactamente a la misma altura; las sombras no han avanzado un milímetro. Bruscamente, acaban de resolverse para el hombre tendido las divagaciones a largo plazo: Se está muriendo.
Muerto. Puede considerarse muerto en su cómoda postura.
Pero el hombre abre los ojos y mira. ¿Qué tiempo ha pasado? ¿Qué cataclismo ha sobrevivido en el mundo? ¿Qué trastorno de la naturaleza trasuda el horrible acontecimiento?
Va a morir. Fría, fatal e ineludiblemente, va a morir.
El hombre resiste —¡es tan imprevisto ese horror! y piensa: Es una pesadilla; ¡esto es! ¿Qué ha cambiado? Nada. Y mira: ¿No es acaso ese bananal? ¿No viene todas las mañanas a limpiarlo? ¿Quién lo conoce como él? Ve perfectamente el bananal, muy raleado, y las anchas hojas desnudas al sol. Allí están, muy cerca, deshilachadas por el viento. Pero ahora no se mueven... Es la calma del mediodía; pero deben ser las doce.
Por entre los bananos, allá arriba, el hombre ve desde el duro suelo el techo rojo de su casa. A la izquierda entrevé el monte y la capuera de canelas. No alcanza a ver más, pero sabe muy bien que a sus espaldas está el camino al puerto nuevo; y que en la dirección de su cabeza, allá abajo, yace en el fondo del valle el Paraná dormido como un lago. Todo, todo exactamente como siempre; el sol de fuego, el aire vibrante y solitario, los bananos inmóviles, el alambrado de postes muy gruesos y altos que pronto tendrá que cambiar...
¡Muerto! ¿Pero es posible? ¿No es éste uno de los tantos días en que ha salido al amanecer de su casa con el machete en la mano? ¿No está allí mismo con el machete en la mano? ¿No está allí mismo, a cuatro metros de él, su caballo, su malacara, oliendo parsimoniosamente el alambre de púa?
¡Pero sí! Alguien silba. No puede ver, porque está de espaldas al camino; mas siente resonar en el puentecito los pasos del caballo... Es el muchacho que pasa todas las mañanas hacia el puerto nuevo, a las once y media. Y siempre silbando.. Desde el poste descascarado que toca casi con las botas, hasta el cerco vivo de monte que separa el bananal del camino, hay quince metros largos. Lo sabe perfectamente bien, porque él mismo, al levantar el alambrado, midió la distancia.
¿Qué pasa, entonces? ¿Es ése o no un natural mediodía de los tantos en Misiones, en su monte, en su potrero, en el bananal ralo? ¡Sin dada! Gramilla corta, conos de hormigas, silencio, sol a plomo...
Nada, nada ha cambiado. Sólo él es distinto. Desde hace dos minutos su persona, su personalidad viviente, nada tiene ya que ver ni con el potrero, que formó él mismo a azada, durante cinco meses consecutivos, ni con el bananal, obras de sus solas manos. Ni con su familia. Ha sido arrancado bruscamente, naturalmente, por obra de una cáscara lustrosa y un machete en el vientre. Hace dos minutos: Se muere.
El hombre muy fatigado y tendido en la gramilla sobre el costado derecho, se resiste siempre a admitir un fenómeno de esa trascendencia, ante el aspecto normal y monótono de cuanto mira. Sabe bien la hora: las once y media... El muchacho de todos los días acaba de pasar el puente.
¡Pero no es posible que haya resbalado..! El mango de su machote (pronto deberá cambiarlo por otro; tiene ya poco vuelo) estaba perfectamente oprimido entre su mano izquierda y el alambre de púa. Tras diez años de bosque, él sabe muy bien cómo se maneja un machete de monte. Está solamente muy fatigado del trabajo de esa mañana, y descansa un rato como de costumbre.
¿La prueba..? ¡Pero esa gramilla que entra ahora por la comisura de su boca la plantó él mismo en panes de tierra distantes un metro uno de otro! ¡Ya ése es su bananal; y ése es su malacara, resoplando cauteloso ante las púas del alambre! Lo ve perfectamente; sabe que no se atreve a doblar la esquina del alambrado, porque él está echado casi al pie del poste. Lo distingue muy bien; y ve los hilos oscuros de sudor que arrancan de la cruz y del anca. El sol cae a plomo, y la calma es muy grande, pues ni un fleco de los bananos se mueve. Todos los días, como ése, ha visto las mismas cosas.
...Muy fatigado, pero descansa solo. Deben de haber pasado ya varios minutos... Y a las doce menos cuarto, desde allá arriba, desde el chalet de techo rojo, se desprenderán hacia el bananal su mujer y sus dos hijos, a buscarlo para almorzar. Oye siempre, antes que las demás, la voz de su chico menor que quiere soltarse de la mano de su madre: ¡Piapiá! ¡ Piapiá!
¿No es eso... ? ¡Claro, oye! Ya es la hora. Oye efectivamente la voz de su hijo...
¡Qué pesadilla...! ¡Pero es uno de los tantos días, trivial como todos, claro está! Luz excesiva, sombras amarillentas, calor silencioso de horno sobre la carne, que hace sudar al malacara inmóvil ante el bananal prohibido.
...Muy cansado, mucho, pero nada más. ¡Cuántas veces, a mediodía como ahora, ha cruzado volviendo a casa ese potrero, que era capuera cuando él llegó, y antes había sido monte virgen! Volvía entonces, muy fatigado también, con su machete pendiente de la mano izquierda, a lentos pasos.
Puede aún alejarse con la mente, si quiere; puede si quiere abandonar un instante su cuerpo y ver desde el tejamar por él construido, el trivial paisaje de siempre: el pedregullo volcánico con gramas rígidas; el bananal y su arena roja: el alambrado empequeñecido en la pendiente, que se acoda hacia el camino. Y más lejos aún ver el potrero, obra sola de sus manos. Y al pie de un poste descascarado, echado sobre el costado derecho y las piernas recogidas, exactamente como todos los días, puede verse a él mismo, como un pequeño bulto asoleado sobre la gramilla —descansando, porque está muy cansado.
Pero el caballo rayado de sudor, e inmóvil de cautela ante el esquinado del alambrado, ve también al hombre en el suelo y no se atreve a costear el bananal como desearía. Ante las voces que ya están próximas —¡Piapiá!— vuelve un largo, largo rato las orejas inmóviles al bulto: y tranquilizado al fin, se decide a pasar entre el poste y el hombre tendido que ya ha descansado.


A LA DERIVA
El hombre pisó algo blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yararacusú que arrollada sobre sí misma esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que como relámpagos habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
—¡Dorotea! —alcanzó a lanzar en un estertor—. ¡Dame caña!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
—¡Te pedí caña, no agua! —rugió de nuevo. ¡Dame caña!
—¡Pero es caña, Paulino! —protestó la mujer espantada.
—¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
—Bueno; esto se pone feo —murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentóse en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.
El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito —de sangre esta vez—dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
—¡Alves! —gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
—¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! —clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.
De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración también...
Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves . . .
El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
—Un jueves...
Y cesó de respirar.

miércoles, 19 de agosto de 2009

LA NOCHE BOCA ARRIBA. Julio Cortázar


Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos;
le llamaban la guerra florida.

A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.

Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pié y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.

Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en las piernas. "Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado..."; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.

La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. "Natural", dijo él. "Como que me la ligué encima..." Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerro los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.

Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.

Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.

Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. "Huele a guerra", pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía alli como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.

-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo. Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes, como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor, y quedarse.

Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trocito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.

Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. "La calzada", pensó. "Me salí de la calzada." Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él, aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y al la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.

Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás. -Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.

Al lado de la noche de donde volvía la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin... Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.

Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frio le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.

Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el mas fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero como impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de su vida.

Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegados a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada... Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en al cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.

jueves, 28 de mayo de 2009

LA CHICA QUE CAYÓ EN LA PISCINA AQUELLA NOCHE. Rodrigo Fresán


Exaltation having gone where exaltation goes.
Bernard Malamud

Hablábamos de todo y de nada, y seguro que por eso (porque cuando uno empieza hablando de todo y de nada siempre acaba hablando de algo) terminamos hablando y empezamos a hablar de la chica que se cayó en la piscina aquella noche.

No éramos demasiados, pero sí éramos suficientes para sentirnos como esos personajes que -al principio de un cuento antiguo, conversando una noche de invierno alrededor del fuego de su propio pasado- acaban convenciéndose de que la trama y la textura de sus respectivas existencias tal vez, con un poco de suerte, configuren un diseño secreto que acaso ayude a comprender todas las cosas. Un dibujo escondido al que sólo podían acceder nuestros ojos como si se trataran de diferentes llaves, todas ellas imprescindibles para doblegar al mismo tiempo la cerradura de nuestro destino malgastado. Digo destino y me refiero no a lo que había sido sino a lo que pudo haber sido: a ninguno de nosotros le gustaba admitirlo, pero estaba claro que no habíamos cumplido y que ya no nos quedaba tiempo para cumplir con la impecable caligrafía de nuestras promesas. En cualquier galaxia no seríamos otra cosa que fracasados; en nuestro exclusivo planeta éramos un puñado de seres que jamás habían sentido la necesidad de triunfar.

El curso de nuestras biografías estuvo trazado de antemano y nuestras mínimas transgresiones a ese mapa siempre fueron nada más que formas alternativas de acatamiento: drogas del tipo recreacional, alcohol, matrimonios mal avenidos, poco originales y siempre incompletas tentativas de suicidio, la adicción eléctrica a los video-games más fáciles de vencer, ver demasiadas veces la misma película de culto hasta sentirla parte de la respiración. No éramos viejos pero tampoco éramos jóvenes, y la palabra madurez (hasta hace poco sólo adjudicable a los otros o a las frutas) era consultada cada vez más veces en el diccionario de nuestros días con la angustiante incredulidad de quien no puede creer que aquello que lee lo incluya o lo defina.

Por eso, siempre que nos era posible, buscábamos encontrarnos: nos conocíamos desde el principio de todas las cosas y eso nos ayudaba, también, a convencernos del espejismo de que seguíamos siendo los que habíamos sido, que nuestras vidas gozaban todavía de la posibilidad de un boceto permanente y no padecían ya, en cambio, los rigores de un paisaje otoñal cada vez menos fácil o más difícil de ser modificado. Teníamos frío y nuestros abrigos se preocupaban más por la tiranía del diseño que por la felicidad del calor; decíamos piscina en lugar de pileta; escribíamos felicidad demasiadas veces pero siempre con minúsculas, respondíamos turista en los formularios que nos preguntan profesión u oficio. El título de nuestra hipotética autobiografía no autorizada sería -tendría que ser, seguro- La perversión de los objetos inanimados. Un libro que contara las vidas de nuestras sombras, vidas mucho más interesantes que las vidas de los cuerpos que las proyectan.

«¿La empujaron o saltó?», preguntó cualquiera de nosotros, daba igual. La importancia residía, como siempre, en la calidad del mantra y no en la voz de quien lo invoca. Zen y el arte de la chica cayendo a la piscina. El arco y la órbita y el blanco y el sonido que hace el agua al abrirse para recibir un cuerpo compuesto de agua en sus dos terceras partes. Del agua venimos, al agua volvemos. Eso. Una y otra vez. Trascendental meditación a la hora de pretender abarcar y comprenderla desde todos los ángulos y disciplinas; porque la chica que cayó en la piscina aquella noche no hacía más que poner en evidencia nuestra caída, el ángulo triste y definitivo de nuestra inutilidad. Así, el escritor que había en nosotros -pero que nunca había sido o sería- no podía evitar emparentarla con una lánguida heroína de Fitzgerald; mientras que el pintor frustrado no vacilaría, quién sabe, en dedicarle los colores de un improbable Hockney nocturno más East Coast que West Coast, mejor Hopper, ahora que lo pienso; algo del último Gould a la hora del piano solo y el músico que nunca practica; y, tal vez, una de esas películas secretas de Warhol donde nada ocurre porque ya todo ha ocurrido. Como se verá, somos cultos y sofisticados y adictos a los nombres y a las firmas de los otros. Manía referencial, la información como variante aceptable de dinero en efectivo, y para qué ser artista cuando se puede hablar de arte y bautizar Orson a tu gato de angora o Muddy Waters a tu perra de aguas.

Las piscinas, sin embargo, no tienen nombre pero figuran -como ineludibles accidentes de la naturaleza, como agujeros negros y turquesa en los que no podemos sino zambullimos de cabeza- en nuestros mapas y nuestros viajes. Insisto: si esto fuera un cuento -si alguno de nosotros pudiera reunir la cantidad suficiente de disciplina como para ponerlo en orden y por escrito- me gustaría y nos gustaría que aparecieran en sus páginas todas las piscinas. La fragancia transparente del cloro mezclándose con las propiedades desinfectantes de los martinis al atardecer. La historia de ese amigo de nuestros padres que una tarde se decidió a inventar un río (lo llamó, casi a los gritos, «Río Lucinda») uniendo yn adando todas las piscinas de sus vecinos; la historia de esa amiga de nuestros padres cuya boda al aire libre fue azotada por un huracán que no había sido invitado al banquete y que, en las furiosas espirales de su despecho, se bebió primero todo el agua de la piscina en forma de corazón para después llevarse volando a los cuatro flamantes suegros lejos y para siempre. Pero sería fácil a la hora de conseguir una impresión inmediata e injusto para con los pequeños azulejos y el trampolín herrumbrado de la piscina que más nos interesa a nosotros. Nada del otro mundo, nada especial: un rectángulo líquido, dos escaleras en los extremos, un puñado de lámparas submarinas, hojas muertas, la canción grave e intermitente de los sapos y alguien -no importa su nombre o su sexo- que vomita en los arbustos la felicidad ácida de poder seguir bebiendo: la noche es joven y todos son un poco inmortales, porque todos los hígados todavía están afuera del cuerpo propio, salud.

En cualquier caso, la piscina en la que cayó la chica aquella noche es siempre la misma. Sus proporciones y su función en el relato no varían: la escena inmodificable del crimen a la que, por una vez, regresa la víctima y no el victimario; un sitio donde precipitarse para que, sí, los acontecimientos se precipiten. Aquella noche, sin embargo, se nos presenta como algo más fácil de alterar. En ocasiones llueve, en ocasiones lluvia de estrellas. Da más o menos lo mismo. Lo que cambia -lo que siempre aparece suelto y sujeto a múltiples interpretaciones- es la chica en cuestión. El elemento móvil. Algo está claro más allá de toda posible mutación sobre su persona o variación desprendiéndose del aria de su historia: la chica no es una de nosotros. Está siempre afuera de nuestra foto de grupo, o ligeramente fuera de foco, o mirando a cualquier otro lado con tal de que no sea a la cámara o al fotógrafo con la seguridad humilde de quien se sabe fotogénico. Hay veces -depende del bourbon o del hash que hayamos con sumido- en las que la chica que se cayó en la piscina aquella noche es la hija demasiado hermosa para ser cierta del mayordomo o del ama de llaves, o una sobrina del Sha de Irán, o una paciente fugitiva del asilo para lunáticos, o una estrella de cine. A veces nosotros somos los lunáticos en fuga y tal vez alguna de estas noches me toque ser el Sha de Irán, atado a una unidad de terapia intensiva, rodeado por todos los otros riendo a carcajadas; pero nunca me dejan, me dicen que me sale demasiado bien el papel de mayordomo o ama de llaves, que ésa es mi especialidad y mi forma de ser útil a la hora de reconstruir una de las tantasposibilidades de lo que ocurrió o dejó de ocurrir aquella noche en que la chica cayó en la piscina. Algo es verdad y es cierto: la chica que cayó en la piscina aquella noche -alta o baja, rubia o morena- es siempre hermosa. La chica más hermosa que jamás hemos visto o que alguna vez volveremos a ver.

La piscina donde, aquella noche, cayó la chica limita con un campo de golf que, si se lo observa desde una altura determinada, representa las curvas verdes y fértiles de una mujer que el fundador del club amó a distancia sin nunca atreverse a confesárselo. El hecho de que esa mujer haya sido mi madre o la madre de cualquiera de nosotros no es importante. No agrega nada. Lo descubrí aquel domingo inolvidable en que me subí al helicóptero de mi padre para bombardear con cocktails molotov (delicada y precisamente ensamblados en botellas de vino demasiado caro para ser bueno) la performance de un primo o una prima con un handicap mucho mejor que el mío. Un primo o una prima que me había robado un novio o una novia, no me acuerdo, no estoy seguro. Algo ocurrió. Un problema con la hélice trasera (era un helicóptero viejo y castigado, un venerable despojo de Vietnam o de Nicaragua) o un problema con la altura vertiginosa de mi furia. Me estrellé en el centro exacto del pubis de la mujer gigante de césped y arena. Hoyo nueve. Mi padre tuvo que hacerse cargo de los costos pero nunca dejó de agradecerme el «potencial anecdótico de mi hazaña» en un sitio donde nunca pasa nada. Me quemé bastante. Desde ese día me dicen«El Fantasma de la Ópera». Muy gracioso. Todo esto para dejar bien asentado que no podemos ponernos de acuerdo si la chica que cayó a la piscina aquella noche surgió, con la gracia de un animal que alguna vez fue salvaje, por uno de los agujeros en la verja del club de golf o, por el contrario, era la invitada de honor a quien le estaba dedicada la fiesta. La primera de las posibilidades es, desde ya, la menos probable pero la más interesante. Los agujeros -los hicimos nosotros- se encuentran perfectamente camuflados por arbustos ydifícil que se los descubra desde el lado de la verja que da al club. Son puertas de entrada más que orificios de salida. Puntos de fuga más que líneas de llegada. Y no es que al otro lado de las cosas nos esperara la sorpresa o el deslumbramiento. Cada vez que nos arriesgamos a hacer algo diferente (como cuando uno de nosotros se estrelló en un helicóptero mientras tomaba clases para pilotado, o como cuando una de nosotras se inscribió en un concurso de belleza con nombre falso y se acostó con todo el jurado no para ganar sino para perder), estos gestos fueron leídos siempre como, apenas, formas más o menos exóticas de la mala educación antes que transgresiones dignas de ser consideradas. Alcance con decir que, si todos nosotros hubiéramos viajado a bordo del Titanic, es más que seguro que el transatlántico no hubiera chocado de costado con el iceberg. No; se le hubiera enfrentado -en el peor o mejor de los casos con la proa de lleno y poco y nada hubiera ocurrido. Daños menores, heridas leves y la comprobación práctica de la teoría del «navío inhundible». Noticia efímera. Nadie se acordaría de nosotros porque no hay algo más indigno de la memoria o de la inmortalidad que un sobreviviente. Mis padres -sobrevivientes azarosos del ghetto de Varsovia y ahora socios mayoritarios en una empresa alemana surgida durante la posguerra y constituida por capitales sospechosos- no dejan de recordármelo todas las mañanas a la hora del desayuno, con un silencio incómodo que parece decirlo todo: «Si la razón de nuestra supervivencia ha sido engendrarte, bueno, entonces es cierto que los designios del Señor son inescrutables», dicen. Peso casi doscientos kilos, la construcción de mis vestidos es apenas menos complicada que erigir una carpa de circo y no quiero ser poetisa sino poeta. Mi credo estético y existencial aparece con la claridad de mis versos y la contundencia de mi cuerpo en el poema-río -ganó varios premios, uno de ellos internacional- Las aguas prisioneras. Allí están todos, allí está ella. Y allí estaba yo. En el ejército y en el peor sitio donde podía encontrarse un soldado. En el centro mismo de una guerra ridícula, en unas islas ubicadas en el fin del fin del mundo, y estaba claro que yo -desde que tengo razón, dueño de toda la mala suerte de este mundo- no podía perderme la oportunidad de semejante situación, ¿verdad? Allí fui, ahí estuve. No vencí. Perdimos. Me traje conmigo la herida de un cuchillo gurkha producto de un confuso episodio donde yo me quise rendir y mi cobardía no fue aceptada. Me convertí, creo, en una especie de héroe. Me exhibieron un poco ante la prensa (no demasiado), y ya en el hospital, en la supuesta tierra firme de mi inestable país, recibí una carta larga de una amiga gorda. Una especie de poema sin rima donde se hablaba de una chica que se había caído en la piscina durante una fiesta. Atribuí esto a una especie de deficiencia hormonal o al producto de tan poderosos como inútiles medicamentos para adelgazar. Pero enseguida comenzaron a llegar las cartas de todos mis otros amigos. Y todas hablaban de lo mismo: de la chica que cayó en la piscina aquella noche. Con letra diferente y pericia variable a la hora de ponerlo por escrito. Pero la misma historia. Una y otra vez. Una chica y una piscina y una chica que cae en una piscina. Histeria colectiva o hipnosis en grupo. Le escribí a mi hermano mayor que estaba trabajando en un restaurante de Londres por motivos demasiado complejos para ser consignados aquí. No me respondió pero no me importó demasiado; estaba seguro de que no iba a responderme. Cuando me respondieron que había pasado la selección final en el concurso de Miss Canciones Tristes, me dije que tal vez lo de la chica que había caído aquella noche había sido una señal, un signo inequívoco de algo. Ciertas visiones, a veces, nos parecen portadoras de todo aquello que nos faltaba hasta entonces. Recuerdo que la vi entrar, recuerdo que yo fui la primera que la vi. De eso estoy plenamente convencida. Lo que no puedo recordar es cómo era ella. O cómo estaba vestida. O si estaba vestida. A veces, en la mitad de la noche, la veo llegar a nosotros desnuda y plateada por la luz de la luna llena; pero consultado el almanaque de ese día, me entero que había luna nueva y entonces qué y entonces cómo. Hasta entonces, recuerdo, yo había guardado mi virginidad no como un tesoro escondido sino como un estandarte orgulloso de flamear para que todos lo vieran. Entonces algo me pasó. Entonces me volví loca para los otros y cuerda para mí: supe que tenía que hacerlo y lo hice. Después le prendí fuego a mi casa con mis padres y mi perro adentro. No me arrepiento de nada y ayer -mi cumpleaños número no me acuerdo- me abrieron la cabeza para ver qué encontraban. No encontrar nada y cerrar rápido. Poco tiempo de quirófano. Ni siquiera me manché los guantes con sangre. Dejamos todo como estaba. Hay ciertas enfermedades -su manifestación física, la belleza rara de su acción devastadora- que imponen algo muy parecido a ese respeto que nos exigen los mejores cuadros de los mejores museos: prohibido tocar y sacar fotos, dejar, en cambio, que la radiación haga lo suyo. Soy un médico mediocre, jamás correría ese dulce peligro de sentirme Dios, de arrancarle alguien a los bisturíes de la Muerte. No creo en nada ni en nadie pero pienso en Dios y en la Muerte con D y M mayúsculas. Lo mismo me sucede con La Chica Que Cayó En La Piscina Aquella Noche. Mayúsculas. Si creo en algo,creo en ella y en ese momento de esplendor supremo en que la vi avanzando nada más que hacia mí (no hacia todos nosotros como a más de uno le gustaría sentir, como todos sienten) y la firma de su sonrisa fue la forma original de todas las cosas: el universo entero se desprendía de ella por el solo placer de tener una sonrisa a la que volver y la sentí paciente y terminal. Su cuerpo traslúcido como el de esos peces luminosos de las profundidades que dedican la vida entera a negar la superficie y por algo lo hacen. Por eso, a diferencia de muchos de los otros, yo no la vi desnuda sino vestida con su propia piel que cubría, como seda fina, el cuerpo hecho de tumores y la fosforescencia última de la quimioterapia desplegándose en un entramado de rayos y centellas. Ver su cuerpo era como ver una tormenta adentro de una botella. Cuánto puede quedarle de vida, pensé entonces. Poco y nada, me dije; y no la vi caer sino derrumbarse con la seguridad de que lo horizontal y todo lo que se precipitaba en él desde las alturas era el mejor de los mundos posibles. Quise caer con ella y lo hubiera hecho -el aire se infectó con la música inocurrente de las ambulancias- de no haber estado vacía la piscina. Recuerdo que la piscina estaba llena hasta los bordes y que el leve peso de la chica que cayó en ella aquella noche provocó una tempestad mínima. Primero un estallido y después, enseguida, el misterio del agua en movimiento y nosotros preguntándonos qué era lo que había ocurrido. En las fiestas, en nuestrasf iestas, existía una saludable tradición de personas arrojándose o siendo arrojadas a las piscinas, a veces desnudas, por ningún motivo en particular, por el simple placer de arrojar algo para ver lo que se siente al hacerlo. Lo más parecido a lo que experimentaría una deidad menor, seguro: la capacidad para alterar cierto orden humano, romper cierta calma mortal pero, esta vez, con el agregado de un elemento ajeno. Una espora infectada de misterio. Lachica. Quién era y de dónde y cuándo y por qué había salido. Las preguntas básicas. Despejarlas como si se tratara de incógnitas en una ecuación matemática, decía mi profesor. Yo estudiaba periodismo porque era fácil y porque se conocía gente y porque mi padre tenía contactos con varias editoriales de esas revistas pura foto y una línea de texto para explicar quiénes eran los que sonreían a la cámara con la sonrisa zombie de una buena alimentación y buenos colegios pero pésima estructura genética por demasiados casamientos entre primos. Dobles y triples apellidos y la misma nariz repitiéndose como un eco por los pasillos de distintos rostros. Me acosté, casi sin darme cuenta, con un actor joven al que me tocó entrevistar. Quedé embarazada y, por unos días, pensé que mi vida tenía sentido. La noche aquella en la que la chica cayó en la piscina, cuando la vi caer, sentí que algo se rompía definitivamente adentro mío. Sentí como si me hubieran disparado de adentro hacía afuera, un ligero terremoto en mis tripas, lo que se siente cuando un avión pierde mucha altura en poco tiempo. Aborto espontáneo y me tuvieron que hacer una limpieza del útero y me dieron un frasquito donde flotaba aquello que pudo haber sido y no fue. Me dijeron que lo llevara a analizar a un laboratorio, que convenía hacerlo para saber qué era lo que había ocurrido exactamente. Decidí que no me interesaba saber qué había ocurrido exactamente y preferí quedármelo. Lo llevo a todas partes conmigo. Lo llevo dentro de mi cartera. Lo saco de mi cartera y lo miro a trasluz haciéndolo girar despacio entre mis dedos como si se tratara de un diamante sobrealimentado. A veces sueño que cambia de forma, que está vivo, que se escapa y lo busco y no lo encuentro. Tardé bastante en ponerle un nombre. Se llama Lo. Y hay veces, como la noche aquella en que la chica cayó en la piscina, en que el cielo se niega a la comodidad de un solo tono salpicado de cometas y se incendia de colores. Y yo siento que vuelo. Que tantas noches de aprender a volar han tenido un sentido. Arriba y abajo. Alto y bajo. Volábamos muy bajo para que no nos detectaran los radares del enemigo. La noche aquella en que la chica cayó en la piscina fue la noche en que, a miles y miles de kilómetros de distancia, el cielo de Bagdad se encendió como iluminado por miles de fuegos artificiales, como en uno de esos exagerados cumpleaños de Mickey Mouse. Descendimos -nosotros los perros infieles, los adoradores de Satán- en perfecta formación hasta casi sentir el aguijón de los minaretes en el estómago de nuestros aviones caza y dejamos caer nuestras cargas. Feliz Navidad y la saludable costumbre de bombardear Oriente todos los fines de año de ser posible. Así, la inexistencia de Santa Claus determina nuestra existencia. Somos felices. Yo también era feliz. Yo lo vi desde abajo. El cielo. Pero también pensé en Mickey Mouse. Volví a pensar en Mickey Mouse después de mucho tiempo de no pensar en él. Me acordé de los tiempos en que, luego de haber visto demasiadas veces «El aprendiz de brujo» (ese extraño episodio de una extraña película llamada Fantasía) no podía hacer otra cosa que pensar en Mickey Mouse y en las celebraciones en la Main Street de Disney World. Para todos, yo me había vuelto más o menos loco. Un día desaparecí de mi casa para así poder aparecer en cualquier parte. Llegué a Disney World con la misma reverencia con que otros llegan al Vaticano o a la Meca o hunden un dedo de un pie en el Ganges para ver si el agua está muy fría. Supe que no era mi sitio, que nada tenía que hacer allí, que ésa era una tierra pagana donde la efigie de mi dios privado había sido multiplicada hasta la blasfemia por todos los motivos incorrectos. Decidí partir de allí no sin antes haber puesto varias cargas explosivas en lugares estratégicos. Una de ellas en una Tomorrowland que había envejecido demasiado rápido y cuya arquitectura parecía remitir indefectiblemente a la Tierra de la Semana Pasada o algo por el estilo. Mañana a esta misma hora -en el momento exacto en que una chica caiga en una piscina- van a estallar. Todas. Al mismo tiempo. Supongo que será un espectáculo digno de verse, pero yo ya estaré lejos. En cambio, de cerca, el cuadro me gusta más todavía aunque Chagall (menos en esta historia, vaya a saber uno por qué) siempre me pareció un despreciable pintor de posters y postales. La primera vez que lo vi fue, precisamente, enu na postal. Norteamericana. Marc Chagall. BIRTHDAY. Gil on cardboard, 31'\x 3914 ". The Museum of Modern Art, New York. Acquired through the Lilie P. BlissBequest, leí en el reverso. Me pregunté cómo se diría cumpleaños en francés. No tenía la menor idea. El francés siempre me dio un poco de miedo desde que un mâitre de un restaurante de Saint Germain me acusó de quedarme con su propina. Después me concentré en la imagen, en el cuadro convenientemente reducido para caber sin problemas en la palma de mi mano. El cuadro muestra a un hombre y a una mujer. La mujer se desplaza sobre una alfombra roja y sostiene un ramo de varias flores de colores que remiten indefectiblemente a los colores putrefactos de la ensalada de fruta de lata. El hombre flota con esa indolencia curva con que suelen flotar las personas en los cuadros de Chagall y que no puedo sino asociar con los mimos más molestos e invertebrados. El hombre está besando a la mujer. «Se parecen mucho a ustedes dos", dijeron mis amigos, los amigos que me regalaron la postal, y yo supe que tenía que conseguir ese cuadro y que ese cuadro tenía que ser mío. Una espléndida mañana de invierno -con éxito que sorprendió a los especialistas en estas cuestiones- me llevé ese cuadro del Museum of Modern Art of New York. No hubo heridos y cuando expliqué, con mi perfecto inglés de colegio británico, que lo hacía por amor y nada más que por amor, varios turistas aplaudieron con entusiasmo de turistas. Salí sin apuro y con el cuadro de Chagall bajo el brazo. Era el cumpleaños de ella, faltaba menos tiempo para el día de nuestra boda, y en alguna parte, yo estaba seguro de eso, alguna chica caía en alguna piscina. Minutos apenas para que el coche descapotable apareciera por la curva de la avenida y yo aquí arriba, en el depósito de libros, mirando el mundo por la mira telescópica de mi rifle. Mañana voy a estar en todas partes, en las primeras planas de todos los diarios. Espero una señal: el sonido inconfundible de una chica cayendo en una piscina marcará el instante perfecto para que mi dedo oprima el gatillo y su muerte anuncie mi inmortalidad mientras en otra parte, en un prisión llamada Spandau, yo, el maldito arquitecto del nuevo mundo de Hitler, planto los cimientos de mis memorias selectivas con el amor que se dedica a aquello que se sabe único e irreemplazable porque es lo único que queda, lo único que se posee. Afuera de mi calabozo, hace tanto tiempo, una manzana se desprende de una rama, el Sol deja de girar alrededor de la Tierra, el hombre desciende del mono y asciende a la relatividad y una chica cae en una piscina para que yo la vea y lo comprenda todo. Así, por los menos hoy, estoy seguro de que la historia del universo aparece puntuada por chicas cayendo en piscinas. Aquí y allá y en todas partes. El que esa chica se llame Cleopatra o Esther Williams o NN o Selene o Bones, es circunstancial y no cambia nada el hecho de que el día en que todas las chicas caigan en todas las piscinas al mismo tiempo el mundo tal como lo conocemos habrá llegado a su final. Me refiero ahora a esa piscina y a esa chica que contienen a todas las chicas y a todas las piscinas. Una chica-aleph zambulléndose en una piscina-aleph que conviertan a esa chica y a esa piscina en las coordenadas desde las que puedan verse todos los lugares de la tierra desde todos los ángulos, sin confusión alguna ni mezclarse, todo lo que ocurrió y va a ocurrir, al mismo tiempo, mientras yo sigo aquí, solo y en mi cama, tratando de que se me ocurra cómo es que voy a hacer para curarme, para que la enfermedad no avance, para que todo eso entre en un cuento que me pidieron que escriba para una antología y que ese cuento no suene a despedida sino a una bienvenida que dice adiós.

La historia (me refiero a la historia detrás de esta historia, a la sombra de este cuento que se resiste a terminar de ser puesto por escrito) empieza así: Cruzo una calle de una ciudad que es la ciudad donde empecé a escribir este cuento pero no la ciudad donde tengo que terminarlo. Algo ocurre entonces. Algo que, por suerte, no es fácil de entender. Tal vez lo que distinga a los escritores de los que no son escritores es que a ellos no les interesa entender lo que ocurre entonces. Simplemente, se rinden ante lo que ocurre. Lo que ocurre es esto. Cruzo la calle y lo que ocurre es que algo se me ocurre: la imagen de una chica cayendo en una piscina una noche. Nada más que eso. La mirada sobre su cuerpo que cae (¿la empujaron o saltó?) y, apenas, la necesaria percepción de aquello que la rodea. Una fiesta. Hombres y mujeres vestidos con ropa elegante. Música de fondo. Entro al auto en el que ella me espera (ella maneja y me pregunta si quiero manejar yo, le recuerdo que no sé manejar pero ella insiste; así están las cosas) y le cuento lo que me pasó. Le digo que otras veces, al cruzar otras calles, se me habían ocurrido cuentos completos, cuentos en los que conocía hasta los abuelos de sus personajes. Le digo que esta vez no fue así. Le digo que esta vez se parecía más a una foto que a una trama. Le digo que tal vez haya un cuento en lo que le cuento.Entonces ella me cuenta un cuento.

Ahora estamos no en un auto sino en una cama. Privilegios de la escenografía real aplicada a los territorios de lo ficticio. Cuanto más claro uno ve el mundo, más obligado está a simular que este mundo no existe. A veces pasa. Es de noche y está oscuro y recién ahí -yo no fumo, ella tampoco- comprendo el sentido de los cigarrillos después del amor: dos breves pupilas de fuego brillando en la oscuridad. Señales como las que se dedican esos barcos que se cruzan en el medio de ninguna parte pero con muchas ganas de naufragar juntos y para siempre. Ella se quedó dormida y ella acaba de despertarse y me cuenta lo que soñó. Una pesadilla. Nunca me doy cuenta cuando ella tiene pesadillas. Su respiración no se altera y su cuerpo no se mueve. Apenas, cuando abrelos ojos, su alivio de que haya sido una pesadilla y la necesidad impostergable de contada para que no sea cierta, para que no haya sido ni vaya a ser real. Ella dice: «Era un sueño con sombras. Tú tenías una enfermedad, una enfermedad un poco esquizofrénica, que te hacía creer que las sombras estaban vivas y que, de algún modo, interactuaban contigo; que las sombras de las personas y de las cosas se iban volviendo más y más sólidas hasta invertir posiciones, hasta que las personas y las cosas reales no eran más que la proyección inanimada de esas sombras que cobraban vida y se iban apoderando del mundo. Pero ahora me acuerdo que no te pasaba con cualquier sombra, sino sólo con la tuya. Llegaba un punto en que tu enfermedad estaba tan avanzada que lo irreal se te confundía cada vez más con lo real. Ya no podías diferenciar una cosa de otra. Era ahí cuando yo me daba cuenta de lo grave de tu situación y de que era una situación irreversible. En realidad no soy yo la que me doy cuenta: es alguien, un hombre, quien me lo dice. Me dice, también, que corro peligro a tu lado. Nos separamos porque te has convertido en una persona ... peligrosa. Pasan los años y no volvemos a vernos. Yo rehago mi vida y un día me entero que el hombre que me había contado de tu enfermedad apareció estrangulado con su propia corbata.» Ella bosteza y ella se ríe y me dice que lo de la corbata seguro tiene que ver con mi fobia a las corbatas en general y a esa corbata amarilla en particular. Una corbata que ella quiso que me pusiera.

Una corbata de narcotraficante, había dicho yo, y ella se sigue riendo. Yo me río un poco menos. Ella dice -la voz que tiene cuando acaba de despertarse es tan parecida a la voz que tiene cuando está a punto de dormirse- que rara vez se acuerda de lo que sueña y, por eso, cuando consigue traer uno de sus sueños al mundo de los despiertos le dedica toda su atención, lo disecciona como a un pequeño animal con garras o lo desarma como a un rompecabezasde piezas nada más que blancas.

Un relato en una cama, por más que se trate del relato de un sueño, exige la compañía de otro relato. No tengo ninguno. Una de las características de mi felicidad es que, mientras soy feliz, se me ocurren pocas cosas que no sean el análisis cuidadoso y hasta demencial de esa felicidad que estoy experimentando y no quiero dejar de experimentar. Ahora tengo que tener más cuidado que nunca, me digo, porque soy demasiado feliz. La tristeza, por lo contrario, suele ser terreno fértil. Allí crece todo y crece rápido. La tristeza presente obliga a la puesta en práctica de felicidades pasadas. La memoria lo es todo. La obra es memoria. La memoria -otra sombra- muchas veces tiene mucha más sustancia que el presente. La química del pensamiento, sistema nervioso: magia celular, neuropéptidos y azúcares y fosfatos. Ahí está el secreto que todos conocen pero que nadie puede contar y está bien que así sea. En mi vida, la felicidad tal vez sea esa sombra de luz que acaba invadiéndolo todo hasta anular ciertos claroscuros necesarios, ciertas sombras imprescindibles. En mi vida, la felicidad muchas veces ha sido una forma sofisticada del peligro. Un relámpago en cámara lenta. Ahora tengo que tener más cuidado que nunca, me digo, porque ahora soy demasiado feliz. Ahora estoy en peligro.

Ahora, feliz, no tengo ninguna sombra para darle a ella a cambio de su sombra. Le describo lo que se me ocurrió: la imagen aislada de toda anécdota de la chica que cayó en la piscina aquella noche. Le explico que no sé nada más que eso, que eso es todo lo que sé. Epifanía. Satori. Ugh. Ella sonríe por más que no vea su sonrisa y me dice que se acaba de acordar de algo. De algo que pasó cuando ella era una niña. Me cuenta que iba a un colegio. Un colegio de monjas, precisa; y a mí el detalle se me hace importante por más que no sepa cómo va a seguir la historia. Monjas, anoto en alguna parte. Me dice que una mañana las formaron a todas junto a los bordes de una fuente. Una de esas fuentes surtidor. Agua brotando de las bocas de tritones o algo así, supongo. Una de las monjas les dijo que cerraran los ojos, que se concentraran y que intentaran imaginar adónde las llevaba el sonido del agua. Les pidió que se dejaran llevar. Le digo a ella que a mí el ejercicio me parecía más digno de un monasterio zen que de un colegio católico para señoritas. Ella dice«¿Verdad?", y sigue contándome que todas ellas estaban con los ojos cerrados hasta que escucharon el sonido inconfundible que hace el agua cuando la molestan. Abrieron los ojos y descubrieron que una de sus compañeras se había dejado llevar por todo, se había trepado a los bordes de la fuente, se había caído adentro y las miraba sin entender del todo lo que había ocurrido y les decía que algo la había obligado a hacerlo. Le pregunto a ella si piensa que fue su sombra la que la hizo caer. Ella me dice que no, que no podía ser eso porque recuerda perfectamente el rostro de su compañera y que era el rostro de una persona un poco asustada pero muy feliz. Sin sombras. No puedo verlo pero estoy seguro que, ahora, el rostro de ella es el rostro de una persona un poco asustada pero muy feliz. Me dice que, desde entonces -de vez en cuando, cuando se apresta para enfrentarse a un gran cambio y todo eso- ella siente la impostergable necesidad de buscar una piscina (una piscina ajena) y dejarse caer en ella. Me dice que se hizo tarde, que tiene que irse, que nos volvemos a ver mañana. Se levanta de la cama y va al baño y se viste con una velocidad pasmosa digna de figurar en algún libro de récords. Ella tarda mucho en llegar pero nada en irse, y podría agregar una cantidad de detalles encantadores acerca de nuestra relación que convertirían a este cuento en algo mucho más divertido o, por lo menos, organizado. No tengo ganas. No tengo tiempo. No puedo hacerla. Los felices problemas de la felicidad, ya lo dije. Por eso prefiero imaginarla de salida, subiéndose a su auto,buscando y encontrando una piscina ajena en donde dejarse caer ante la mirada asombrada de un grupo de personas que la ven surgir desde la nada y entonces sentir cómo esa mirada se convierte en la mirada del universo concentrándose en ese rectángulo de agua, en ese segundo azul donde entra todo lo que pasó, lo que pasa, lo que va a pasar. No importa. No importa tampoco que en alguna parte, podría jurarlo, se encuentren todas las sombras para discutir el plan que las llevará a dominar el mundo cualquier noche de éstas. Nuestros días están contados, de acuerdo, pero no todo está perdido mientras una chica siga cayendo en una piscina una noche. Lo importante es no encender las luces, porque en la oscuridad todas las sombras son una sombra. Lo importante, pienso, lo que nos salva, lo que nos permite seguir ganando la batalla por un tiempo más es experimentar, por lo menos una vez en la vida, el vértigo de caer hacia arriba.

No me duele no extrañarla, pero tal vez me duele que no me duela. Algunas mentiras duran un segundo tan largo como sólo un segundo puede serlo.

Descubro que ya no puedo ni podré vivir sin ella. Comprendo que voy a tener que vivir con eso de aquí en más. "Recuerda que la vida de este mundo no es más que un deporte y un pasatiempo», leí una vez en el Corán. De acuerdo. Pero afirmaciones de ese tipo no me sirven en este momento.

Ahora, la exaltación llegó a ese sitio donde la exaltación va, la certeza de que yo y ella y la exaltación somos parte de algún único y perfecto animal al que en alguna parte está esperando alguna piscina. Pienso en eso y no pienso en si a mi vida la empujaron o saltó en la vida de ella. No pienso en si fue su vida la que saltó o a la que empujaron hacia mi vida. Tal vez, seguro, las dos vidas se empujaron mutuamente y saltaron al mismo tiempo.

Puedo verla, puedo verme, puedo vernos. No hace falta que abra los ojos o encienda mi computadora o lo ponga por escrito.

La feliz tregua de que, por una vez, no se me ocurra nada para contar salvo lo que está ocurriendo.

Y lo que ocurre es que todo lo que tengo es un título.

La chica que cayó en la piscina aquella noche.

Espero que alcance, que sea suficiente, que no sea demasiado tarde para curarme.

¿Alguna vez se han sentido así?

jueves, 21 de mayo de 2009

E.T.A HOFFMANN

EL HOMBRE DE ARENA
Nataniel a Lotario

Sin duda estarán inquietos porque hace tanto tiempo que no les escribo. Mamá estará enfadada y Clara pensará que vivo en tal torbellino de alegría que he olvidado por completo la dulce imagen angelical tan profundamente grabada en mi corazón y en mi alma. Pero no es así; cada día, cada hora, pienso en ustedes y el rostro encantador de Clara vuelve una y otra vez en mis sueños; sus ojos transparentes me miran con dulzura, y su boca me sonríe como antaño, cuando volvía junto a ustedes. ¡Ay de mí! ¿Cómo podría haberles escrito con la violencia que anidaba en mi espíritu y que hasta ahora ha turbado todos mis pensamientos? ¡Algo espantoso se ha introducido en mi vida! Sombríos presentimientos de un destino cruel y amenazador se ciernen sobre mí, como nubes negras, impenetrables a los alegres rayos del sol. Debo decirte lo que me ha sucedido. Debo hacerlo, es preciso, pero sólo con pensarlo oigo a mi alrededor risas burlonas. ¡Ay, querido Lotario, cómo hacer para intentar solamente que comprendas que lo que me sucedió hace unos días ha podido turbar mi vida de una forma terrible! Si estuvieras aquí podrías ver con tus propios ojos; pero ciertamente piensas ahora en mí como en un visionario absurdo. En pocas palabras, la horrible visión que tuve, y cuya mortal influencia intento evitar, consiste simplemente en que, hace unos días, concretamente el 30 de octubre a mediodía, un vendedor de barómetros entró en mi casa y me ofreció su mercancía. No compré nada y lo amenacé con precipitarlo escaleras abajo, pero se marchó al instante.

Sospechas sin duda que circunstancias concretas que han marcado profundamente mi vida conceden relevancia a este insignificante acontecimiento, y así es en efecto. Reúno todas mis fuerzas para contarte con tranquilidad y paciencia algunas cosas de mi infancia que aportarán luz y claridad a tu espíritu. En el momento de comenzar te veo reír y oigo a Clara que dice: «¡son auténticas chiquilladas!» ¡Ríanse! ¡Ríanse de todo corazón, se los suplico! Pero ¡Dios del cielo!, mis cabellos se erizan, y me parece que los conjuro a burlarse de mí en el delirio de la desesperación, como Franz Moor conjuraba a Daniel. Vamos al hecho en cuestión.

Salvo en las horas de las comidas, mis hermanos y yo veíamos a mi padre bastante poco...
Cuento completo aquí

miércoles, 11 de marzo de 2009

El Aleph

El Aleph

O God, I could be bounded in a nutshell and

count myself a King of infinite space.

Hamlet, II, 2

But they will teach us that Eternity is the

Standing still of the Present Time, a Nuncstans

(ast the Schools call it); which neither

they, nor any else understand, no more than

they would a Hic-stans for an Infinite

greatnesse of Place.

Leviathan, IV, 46


La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación. Consideré que el treinta de abril era su cumpleaños; visitar ese día la casa de la calle Garay para saludar a su padre y a Carlos Argentino Daneri, su primo hermano, era un acto cortés, irreprochable, tal vez ineludible. De nuevo aguardaría en el crepúsculo de la abarrotada salita, de nuevo estudiaría las circunstancias de sus muchos retratos. Beatriz Viterbo, de perfil, en colores; Beatriz, con antifaz, en los carnavales de 1921; la primera comunión de Beatriz; Beatriz, el día de su boda con Roberto Alessandri; Beatriz, poco después del divorcio, en un almuerzo del Club Hípico; Beatriz, en Quilmes, con Delia San Marco Porcel y Carlos Argentino; Beatriz, con el pekinés que le regaló Villegas Haedo; Beatriz, de frente y de tres cuartos, sonriendo, la mano en el mentón... No estaría obligado, como otras veces, a justificar mi presencia con módicas ofrendas de libros: libros cuyas páginas, finalmente, aprendí a cortar, para no comprobar, meses después, que estaban intactos.

Beatriz Viterbo murió en 1929; desde entonces, no dejé pasar un treinta de abril sin volver a su casa. Yo solía llegar a las siete y cuarto y quedarme unos veinticinco minutos; cada año aparecía un poco más tarde y me quedaba un rato más; en 1933, una lluvia torrencial me favoreció: tuvieron que invitarme a comer. No desperdicié, como es natural, ese buen precedente; en 1934, aparecí, ya dadas las ocho, con un alfajor santafecino; con toda naturalidad me quedé a comer. Así, en aniversarios melancólicos y vanamente eróticos, recibí las graduales confidencias de Carlos Argentino Daneri.

Beatriz era alta, frágil, muy ligeramente inclinada; había en su andar (si el oxímoron estolerable) una como graciosa torpeza, un principio de éxtasis; Carlos Argentino es rosado, considerable, canoso, de rasgos finos. Ejerce no sé qué cargo subalterno en una biblioteca ilegible de los arrabales del Sur; es autoritario, pero también es ineficaz; aprovechaba, hasta hace muy poco, las noches y las fiestas para no salir de su casa. A dos generaciones de distancia, la ese italiana y la copiosa gesticulación italiana sobreviven en él. Su actividad mental es continua, apasionada, versátil y del todo insignificante. Abunda en inservibles analogías y en ociosos escrúpulos. Tiene (como

Beatriz) grandes y afiladas manos hermosas. Durante algunos meses padeció la obsesión de Paul Fort, menos por sus baladas que por la idea de una gloria intachable.

"Es el Príncipe de los poetas de Francia", repetía con fatuidad. "En vano te revolverás contra él; no lo alcanzará, no, la más inficionada de tus saetas." El treinta de abril de 1941 me permití agregar al alfajor una botella de coñac del país.

Carlos Argentino lo probó, lo juzgó interesante y emprendió, al cabo de unas copas, una vindicación del hombre moderno.

—Lo evoco —dijo con una animación algo inexplicable— en su gabinete de estudio, como si dijéramos en la torre albarrana de una ciudad, provisto de teléfonos, de telégrafos, de fonógrafos, de aparatos de radiotelefonía, de cinematógrafos, de linternas mágicas, de glosarios, de horarios, de prontuarios, de boletines...

Observó que para un hombre así facultado el acto de viajar era inútil; nuestro siglo XX había transformado la fábula de Mahoma y de la montaña; las montañas, ahora, convergían sobre el moderno Mahoma. Tan ineptas me parecieron esas ideas, tan pomposa y tan vasta su exposición, que las relacioné inmediatamente con la literatura; le dije que por qué no las escribía.

Previsiblemente respondió que ya lo había hecho: esos conceptos, y otros no menos novedosos, figuraban en el Canto Augural, Canto Prologal o simplemente Canto- Prólogo de un poema en el que trabajaba hacía muchos años, sin réclame, sin bullanga ensordecedora, siempre apoyado en esos dos báculos que se llaman el trabajo y la soledad. Primero, abría las compuertas a la imaginación; luego, hacía uso de la lima. El poema se titulaba La Tierra; tratábase de una descripción del planeta, en la que no faltaban, por cierto, la pintoresca digresión y el gallardo apóstrofe.

Le rogué que me leyera un pasaje, aunque fuera breve. Abrió un cajón del escritorio, sacó un alto legajo de hojas de block estampadas con el membrete de la Biblioteca Juan Crisóstomo Lafinur y leyó con sonora satisfacción:

He visto, como el griego, las urbes de los hombres,

los trabajos, los días de varia luz, el hambre;

no corrijo los hechos, no falseo los nombres,

pero el voyage que narro, es... autour de ma chambre.


—Estrofa a todas luces interesante —dictaminó—. El primer verso granjea el aplauso del catedrático, del académico, del helenista, cuando no de los eruditos a la violeta, sector considerable de la opinión; el segundo pasa de Homero a Hesíodo (todo un implícito homenaje, en el frontis del flamante edificio, al padre de la poesía didáctica), no sin remozar un procedimiento cuyo abolengo está en la Escritura, la enumeración, congerie o conglobación; el tercero —¿barroquismo, decadentismo; culto depurado y fanático de la forma?— consta de dos hemistiquios gemelos; el cuarto, francamente bilingüe, me asegura el apoyo incondicional de todo espíritu sensible a los desenfadados envites de la facecia. Nada diré de la rima rara ni de la ilustración que me permite, ¡sin pedantismo!, acumular en cuatro versos tres alusiones eruditas que abarcan treinta siglos de apretada literatura: la primera a la Odisea, la segunda a los Trabajos y días, la tercera a la bagatela inmortal que nos depararan los ocios de la pluma del saboyano...

Comprendo una vez más que el arte moderno exige el bálsamo de la risa, el scherzo. ¡Decididamente, tiene la palabra Goldoni! Otras muchas estrofas me leyó que también obtuvieron su aprobación y su comentario profuso. Nada memorable había en ellas; ni siquiera las juzgué mucho peores que la anterior. En su escritura habían colaborado la aplicación, la resignación y el azar; las virtudes que Daneri les atribuía eran posteriores. Comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la invención de razones para que la poesía fuera admirable; naturalmente, ese ulterior trabajo modificaba la obra para él, pero no para otros. La dicción oral de Daneri era extravagante; su torpeza métrica le vedó, salvo contadas veces, trasmitir esa extravagancia al poema(1).

Una sola vez en mi vida he tenido ocasión de examinar los quince mil dodecasílabos del Polyolbion, esa epopeya topográfica en la que Michael Drayton registró la fauna, la flora, la hidrografía, la orografía, la historia militar y monástica de Inglaterra; estoy seguro de que ese producto considerable, pero limitado, es menos tedioso que la vasta empresa congénere de Carlos Argentino. Éste se proponía versificar toda la redondez del planeta; en 1941 ya había despachado unas hectáreas del estado de Queensland, más de un kilómetro del curso del Ob, un gasómetro al norte de Veracruz, las principales casas de comercio de la parroquia de la Concepción, la quinta de Mariana Cambaceres de Alvear en la calle Once de Septiembre, en Belgrano, y un establecimiento de baños turcos no lejos del acreditado acuario de Brighton. Me leyó ciertos laboriosos pasajes de la zona australiana de su poema; esos largos e informes alejandrinos carecían de la relativa agitación del prefacio. Copio una estrofa:

Sepan. A manderecha del poste rutinario

(viniendo, claro está, desde el Nornoroeste)

se aburre una osamenta —¿Color? Blanquiceleste—

que da al corral de ovejas catadura de osario.

—Dos audacias —gritó con exultación—, rescatadas, te oigo mascullar, por el éxito. Lo admito, lo admito. Una, el epíteto rutinario, que certeramente denuncia, en passant, el inevitable tedio inherente a las faenas pastoriles y agrícolas, tedio que ni las geórgicas ni nuestro ya laureado Don Segundo se atrevieron jamás a denunciar así, al rojo vivo. Otra, el enérgico prosaísmo se aburre una osamenta, que el melindroso querrá excomulgar con horror pero que apreciará más que su vida el crítico de gusto viril. Todo el verso, por lo demás, es de muy subidos quilates. El segundo hemistiquio entabla animadísima charla con el lector; se adelanta a su viva curiosidad, le pone una pregunta en la boca y la satisface... al instante. ¿Y qué me dices de ese hallazgo, blanquiceleste? El pintoresco neologismo sugiere el cielo, que es un factor importantísimo del paisaje australiano. Sin esa evocación resultarían demasiado sombrías las tintas del boceto y el lector se vería compelido a cerrar el volumen, herida en lo más íntimo el alma de incurable y negra melancolía. Hacia la medianoche me despedí.


Dos domingos después, Daneri me llamó por teléfono, entiendo que por primera vez en la vida. Me propuso que nos reuniéramos a las cuatro, "para tomar juntos la leche, en el contiguo salón-bar que el progresismo de Zunino y de Zungri —los propietarios de mi casa, recordarás— inaugura en la esquina; confitería que te importará conocer". Acepté, con más resignación que entusiasmo. Nos fue difícil encontrar mesa; el "salón-bar", inexorablemente moderno, era apenas un poco menos atroz que mis previsiones; en las mesas vecinas, el excitado público mencionaba las sumas invertidas sin regatear por Zunino y por Zungri. Carlos Argentino fingió asombrarse de no sé qué primores de la instalación de la luz (que, sin duda, ya conocía) y me dijo con cierta severidad:

—Mal de tu grado habrás de reconocer que este local se parangona con los más encopetados de Flores.

Me releyó, después, cuatro o cinco páginas del poema. Las había corregido según un depravado principio de ostentación verbal: donde antes escribió azulado, ahora abundaba en azulino, azulenco y hasta azulillo. La palabra lechoso no era bastante fea para él; en la impetuosa descripción de un lavadero de lanas, prefería lactario, lacticinoso, lactescente, lechal... Denostó con amargura a los críticos; luego, más benigno, los equiparó a esas personas, "que no disponen de metales preciosos ni tampoco de prensas de vapor, laminadores y ácidos sulfúricos para la acuñación de tesoros, pero que pueden indicar a los otros el sitio de un tesoro". Acto continuo censuró la prologomanía, "de la que ya hizo mofa, en la donosa prefación del Quijote, el Príncipe de los Ingenios". Admitió, sin embargo, que en la portada de la nueva obra convenía el prólogo vistoso, el espaldarazo firmado por el plumífero de garra, de fuste. Agregó que pensaba publicar los cantos iniciales de su poema. Comprendí, entonces, la singular invitación telefónica; el hombre iba a pedirme que prologara su pedantesco fárrago. Mi temor resultó infundado: Carlos Argentino observó, con admiración rencorosa, que no creía errar en el epíteto al calificar de sólido el prestigio logrado en todos los círculos por Álvaro Melián Lafinur, hombre de letras, que, si yo me empeñaba, prologaría con embeleso el poema. Para evitar el más imperdonable de los fracasos, yo tenía que hacerme portavoz de dos méritos inconcusos: la perfección formal y el rigor científico, "porque ese dilatado jardín de tropos, de figuras, de galanuras, no tolera un solo detalle que no confirme la severa verdad". Agregó que Beatriz siempre se había distraído con Álvaro.


Asentí, profusamente asentí. Aclaré, para mayor verosimilitud, que no hablaría el lunes con Álvaro, sino el jueves: en la pequeña cena que suele coronar toda reunión del Club de Escritores. (No hay tales cenas, pero es irrefutable que las reuniones tienen lugar los jueves, hecho que Carlos Argentino Daneri podía comprobar en los diarios y que dotaba de cierta realidad a la frase.) Dije, entre adivinatorio y sagaz, que antes de abordar el tema del prólogo, describiría el curioso plan de la obra. Nos despedimos; al doblar por Bernardo de Irigoyen, encaré con toda imparcialidad los porvenires que me quedaban: a) hablar con Álvaro y decirle que el primo hermano aquel de Beatriz (ese eufemismo explicativo me permitiría nombrarla) había elaborado un poema que parecía dilatar hasta lo infinito las posibilidades de la cacofonía y del caos; b) no hablar con Álvaro. Preví, lúcidamente, que mi desidia optaría por b.


A partir del viernes a primera hora, empezó a inquietarme el teléfono. Me indignaba que ese instrumento, que algún día produjo la irrecuperable voz de Beatriz, pudiera rebajarse a receptáculo de las inútiles y quizá coléricas quejas de ese engañado Carlos Argentino Daneri. Felizmente, nada ocurrió —salvo el rencor inevitable que me inspiró aquel hombre que me había impuesto una delicada gestión y luego me olvidaba.


El teléfono perdió sus terrores, pero a fines de octubre, Carlos Argentino me habló. Estaba agitadísimo; no identifiqué su voz, al principio. Con tristeza y con ira balbuceó que esos ya ilimitados Zunino y Zungri, so pretexto de ampliar su desaforada confitería, iban a demoler su casa.


—¡La casa de mis padres, mi casa, la vieja casa inveterada de la calle Garay! —repitió, quizá olvidando su pesar en la melodía.


No me resultó muy difícil compartir su congoja. Ya cumplidos los cuarenta años, todo cambio es un símbolo detestable del pasaje del tiempo; además, se trataba de una casa que, para mí, aludía infinitamente a Beatriz. Quise aclarar ese delicadísimo rasgo; mi interlocutor no me oyó. Dijo que si Zunino y Zungri persistían en ese propósito absurdo, el doctor Zunni, su abogado, los demandaría ipso facto por daños y perjuicios y los obligaría a abonar cien mil nacionales.


El nombre de Zunni me impresionó; su bufete, en Caseros y Tacuarí, es de una seriedad proverbial. Interrogué si éste se había encargado ya del asunto. Daneri dijo que le hablaría esa misma tarde. Vaciló y con esa voz llana, impersonal, a que solemos recurrir para confiar algo muy íntimo, dijo que para terminar el poema le era indispensable la casa, pues en un ángulo del sótano había un Aleph. Aclaró que un Aleph es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos.


—Está en el sótano del comedor —explicó, aligerada su dicción por la angustia—. Es mío, es mío: yo lo descubrí en la niñez, antes de la edad escolar. La escalera del sótano es empinada, mis tíos me tenían prohibido el descenso, pero alguien dijo que había un mundo en el sótano. Se refería, lo supe después, a un baúl, pero yo entendí que había un mundo. Bajé secretamente, rodé por la escalera vedada, caí. Al abrir los ojos, vi el Aleph.


—¿El Aleph? —repetí.

—Sí, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos. A nadie revelé mi descubrimiento, pero volví. ¡El niño no podía comprender que le fuera deparado ese privilegio para que el hombre burilara el poema!

No me despojarán Zunino y Zungri, no y mil veces no. Código en mano, el doctor Zunni probará que es inajenable mi Aleph.

Traté de razonar.

—Pero, ¿no es muy oscuro el sótano?

—La verdad no penetra en un entendimiento rebelde. Si todos los lugares de la tierra están en el Aleph, ahí estarán todas las luminarias, todas las lámparas, todos los veneros de luz.

—Iré a verlo inmediatamente.

Corté, antes de que pudiera emitir una prohibición. Basta el conocimiento de un hecho para percibir en el acto una serie de rasgos confirmatorios, antes insospechados; me asombró no haber comprendido hasta ese momento que Carlos Argentino era un loco.

Todos esos Viterbo, por lo demás... Beatriz (yo mismo suelo repetirlo) era una mujer, una niña de una clarividencia casi implacable, pero había en ella negligencias, distracciones, desdenes, verdaderas crueldades, que tal vez reclamaban una explicación patológica. La locura de Carlos Argentino me colmó de maligna felicidad; íntimamente, siempre nos habíamos detestado.


En la calle Garay, la sirvienta me dijo que tuviera la bondad de esperar. El niño estaba, como siempre, en el sótano, revelando fotografías. Junto al jarrón sin una flor, en el piano inútil, sonreía (más intemporal que anacrónico) el gran retrato de Beatriz, en torpes colores. No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al

retrato y le dije:

—Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges. Carlos entró poco después. Habló con sequedad; comprendí que no era capaz de otro pensamiento que de la perdición del Aleph.

—Una copita del seudo coñac —ordenó— y te zampuzarás en el sótano. Ya sabes, el decúbito dorsal es indispensable. También lo son la oscuridad, la inmovilidad, cierta acomodación ocular. Te acuestas en el piso de baldosas y fijas los ojos en el decimonono escalón de la pertinente escalera. Me voy, bajo la trampa y te quedas solo.

Algún roedor te mete miedo ¡fácil empresa! A los pocos minutos ves el Aleph. ¡El microcosmo de alquimistas y cabalistas, nuestro concreto amigo proverbial, el multum in parvo!

Ya en el comedor, agregó:

—Claro está que si no lo ves, tu incapacidad no invalida mi testimonio... Baja; muy en breve podrás entablar un diálogo con todas las imágenes de Beatriz.

Bajé con rapidez, harto de sus palabras insustanciales. El sótano, apenas más ancho que la escalera, tenía mucho de pozo. Con la mirada, busqué en vano el baúl de que Carlos Argentino me habló. Unos cajones con botellas y unas bolsas de lona entorpecían un ángulo. Carlos tomó una bolsa, la dobló y la acomodó en un sitio preciso.


—La almohada es humildosa —explicó—, pero si la levanto un solo centímetro, no verás ni una pizca y te quedas corrido y avergonzado. Repantiga en el suelo ese corpachón y cuenta diecinueve escalones.


Cumplí con sus ridículos requisitos; al fin se fue. Cerró cautelosamente la trampa; la oscuridad, pese a una hendija que después distinguí, pudo parecerme total. Súbitamente comprendí mi peligro: me había dejado soterrar por un loco, luego de tomar un veneno. Las bravatas de Carlos transparentaban el íntimo terror de que yo no viera el prodigio; Carlos, para defender su delirio, para no saber que estaba loco, tenía que matarme. Sentí un confuso malestar, que traté de atribuir a la rigidez, y no a la operación de un narcótico. Cerré los ojos, los abrí. Entonces vi el Aleph.


Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato; empieza, aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Los místicos, en análogo trance, prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur. (No en vano rememoro esas inconcebibles analogías; alguna relación tienen con el Aleph.) Quizá los dioses no me negarían el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe quedaría contaminado de literatura, de falsedad. Por lo demás, el problema central es irresoluble: la enumeración, siquiera parcial, de un conjunto infinito. En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.


En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba

ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos

inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo. Sentí infinita veneración, infinita lástima.


—Tarumba habrás quedado de tanto curiosear donde no te llaman —dijo una voz

aborrecida y jovial—. Aunque te devanes los sesos, no me pagarás en un siglo esta

revelación. ¡Qué observatorio formidable, che Borges!

Los zapatos de Carlos Argentino ocupaban el escalón más alto. En la brusca penumbra, acerté a levantarme y a balbucear:

—Formidable. Sí, formidable.

La indiferencia de mi voz me extrañó. Ansioso, Carlos Argentino insistía:

—¿Lo viste todo bien, en colores?

En ese instante concebí mi venganza. Benévolo, manifiestamente apiadado, nervioso, evasivo, agradecí a Carlos Argentino Daneri la hospitalidad de su sótano y lo insté a aprovechar la demolición de la casa para alejarse de la perniciosa metrópoli, que a nadie ¡créame, que a nadie! perdona. Me negué, con suave energía, a discutir el Aleph; lo abracé, al despedirme, y le repetí que el campo y la serenidad son dos grandes médicos.


En la calle, en las escaleras de Constitución, en el subterráneo, me parecieron familiares todas las caras. Temí que no quedara una sola cosa capaz de sorprenderme, temí que no me abandonara jamás la impresión de volver. Felizmente, al cabo de unas noches de insomnio, me trabajó otra vez el olvido.


Posdata del primero de marzo de 1943. A los seis meses de la demolición del inmueble de la calle Garay, la Editorial Procusto no se dejó arredrar por la longitud del considerable poema y lanzó al mercado una selección de "trozos argentinos". Huelga repetir lo ocurrido; Carlos Argentino Daneri recibió el Segundo Premio Nacional de Literatura(2). El primero fue otorgado al doctor Aita; el tercero, al doctor Mario Bonfanti; increíblemente, mi obra Los naipes del tahúr no logró un solo voto. ¡Una vez más, triunfaron la incomprensión y la envidia! Hace ya mucho tiempo que no consigo ver a Daneri; los diarios dicen que pronto nos dará otro volumen. Su afortunada pluma (no entorpecida ya por el Aleph) se ha consagrado a versificar los epítomes del doctor Acevedo Díaz.


Dos observaciones quiero agregar: una, sobre la naturaleza del Aleph; otra, sobre su nombre. Éste, como es sabido, es el de la primera letra del alfabeto de la lengua sagrada. Su aplicación al disco de mi historia no parece casual. Para la Cábala, esa letra significa el En Soph, la ilimitada y pura divinidad; también se dijo que tiene la forma de un

hombre que señala el cielo y la tierra, para indicar que el mundo inferior es el espejo y es el mapa del superior; para la Mengenlehre, es el símbolo de los números transfinitos, en los que el todo no es mayor que alguna de las partes. Yo querría saber: ¿Eligió Carlos Argentino ese nombre, o lo leyó, aplicado a otro punto donde convergen todos

los puntos, en alguno de los textos innumerables que el Aleph de su casa le reveló? Por increíble que parezca, yo creo que hay (o que hubo) otro Aleph, yo creo que el Aleph de la calle Garay era un falso Aleph.



Doy mis razones. Hacia 1867 el capitán Burton ejerció en el Brasil el cargo de cónsul británico; en julio de 1942 Pedro Henríquez Ureña descubrió en una biblioteca de Santos un manuscrito suyo que versaba sobre el espejo que atribuye el Oriente a Iskandar Zú al-Karnayn, o Alejandro Bicorne de Macedonia. En su cristal se reflejaba el universo entero. Burton menciona otros artificios congéneres —la séptuple copa de Kai Josrú, el espejo que Tárik Benzeyad encontró en una torre (1001 Noches, 272), el espejo que Luciano de Samosata pudo examinar en la luna (Historia Verdadera, I, 26), la lanza especular que el primer libro del Satyricon de Capella atribuye a Júpiter, el espejo universal de Merlin, "redondo y hueco y semejante a un mundo de vidrio" (The Faerie Queene, III, 2, 19)—, y añade estas curiosas palabras: "Pero los anteriores (además del defecto de no existir) son meros instrumentos de óptica. Los fieles que concurren a la mezquita de Amr, en el Cairo, saben muy bien que el universo está en el interior de una de las columnas de piedra que rodean el patio central... Nadie, claro está, puede verlo, pero quienes acercan el oído a la superficie, declaran percibir, al poco tiempo, su atareado rumor... La mezquita data del siglo VII; las columnas proceden de otros templos de religiones anteislámicas, pues como ha escrito Abenjaldún: En las repúblicas fundadas por nómadas es indispensable el concurso de forasteros para todo lo que sea albañilería".




¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra? ¿Lo he visto cuando vi todas las cosas ylo he olvidado? Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz.

A Estela Canto


(1) Recuerdo, sin embargo, estas líneas de una sátira que fustigó con rigor a los malos poetas:

Aqueste da al poema belicosa armadura

De erudicción; estotro le da pompas y galas.

Ambos baten en vano las ridículas alas...

¡Olvidaron, cuidados, el factor HERMOSURA!

Sólo el temor de crearse un ejército de enemigos implacables y poderosos lo disuadió (me dijo) de publicar sin miedo el poema.

(2) "Recibí tu apenada congratulación", me escribió. "Bufas, mi lamentable amigo, de envidia, pero confesarás —¡aunque te ahogue!— que esta vez pude coronar mi bonete con la más roja de las plumas; mi turbante, con el más califa de los rubíes."